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miércoles, 13 de octubre de 2010

EL PERDÓN SIEMPRE LIBERA

Pubicado por Georgina Arteaga-Carlebach en Facebook

Cuando solo establecemos relaciones especiales de amor, hasta cierto punto es entendible que el proceso de perdonar se nos torne difícil de aceptar en nuestra mente, ya que el primer cuestionamiento para poder otorgar el perdón que nos haremos es: ¿cómo es posible que alguien en quien he confiado tanto, en quien he depositado todo mi amor, con quien he vivido una relación “tan especial”, pueda ser capaz de herirme, de hacerme sentir tan vacía y desesperada, de causarme tanto sufrimiento? Es en este momento en el que la relación especial de amor se transforma en una relación especial de odio, de ira contenida. Pero podemos liberarnos de todo este sentimiento a través del perdón.

Para poder modificar nuestra visión es necesario que primero tengamos claro en nuestra mente y en nuestro corazón lo que es el verdadero perdón, porque generalmente tenemos una visión errónea de él. Estamos acostumbrados a partir de la base de “me hiciste, me lastimaste” y desde ahí el perdón no se presenta en nuestro pensamiento y si se llega a presentar va a estar manejado como lo que se llamaría el falso perdón.

Perdonar no es permitir conductas dañinas, ya que podemos perdonar y aún así, no permitirlas. Tampoco es olvidar lo sucedido, sino dejar atrás la inmensa carga emocional que esto implica. En este proceso no está incluido que vamos a convivir con quienes les hemos dado permiso de maltratarnos y vamos ir a abrazarlos y a darle besitos o, que los criminales van a andar sueltos por la calle. El perdón es un cambio interno, es cambiar nuestra percepción errada de los demás, ver más allá de las apariencias para poder descubrir en todo ser humano la esencia que nos une con Dios, es recobrar nuestra libertad y alcanzar nuestra paz interior.

La cosa cambia cuando observamos las situaciones y a las personas bajo una mirada diferente a la que el ego maneja, cuando podemos reconocer que el perdón empieza hacia uno mismo, es decir, nos lo otorgamos primero a nosotros mismos, en un reconocimiento de que ambas partes requerimos ayuda, ambas partes guardamos un pensamiento inconsciente de miedo y una actitud de proyección que requiere en las dos partes ser sanada, porque ambas partes cometimos un error de decisión en su momento. No hay culpables, no existen víctimas ni victimarios, solo responsables de decisiones erróneas, mismas que pueden ser corregidas.

El plan del perdón del Espíritu Santo es observar el evento de otra manera, es mirar más allá del error del otro, es no aceptar como verdadero lo que nuestra percepción errónea ve, es distinguir lo falso de la actitud de los cuerpos. Por el contrario, el plan del perdón del ego consiste en que primero veamos el error clara y detalladamente, que lo desmenucemos y luego tratemos de pasarlo por alto o lo neguemos. El problema en esto es que, cómo pasar por alto algo a lo que primero le dimos valor y realidad.

El proceso de perdonarse a sí mismo no es tarea fácil, más bien es una de las tareas más difíciles que podemos enfrentar, nos saca de nuestra zona de confort en la que hemos permanecido y de la cual no queremos movernos, no queremos revisarnos porque nos da miedo lo que vamos a descubrir, nos da miedo explorar nuestras emociones. Generalmente cuando decidimos observarnos lo hacemos erróneamente, lo hacemos partiendo de sentirnos culpables y enjuiciándonos, o bien de sentir que alguien nos ha negado algo, nos ha quitado algo que queríamos y consideramos que es esto en sí lo que nos hace sentirnos mal y, bajo esta perspectiva, el perdonarse a uno mismo puede ser doloroso, angustiante, porque lo queremos hacer bajo una perspectiva de elementos aprendidos en el pasado, de mensajes recibidos durante mucho tiempo.

Sin embargo, si la revisión la hacemos sin soltarnos de la mano del Espíritu Santo, si le entregamos a Él nuestros pensamientos y eventos que en ese específico momento estamos viviendo y experimentando, si la revisión la hacemos con humildad, con total responsabilidad, con compasión y paciencia, sin juzgarnos y sólo observando nuestros pensamientos para poder encontrar qué fue lo que nos sacó de nuestra paz y nos transportó a un pensamiento de desamor, encontraremos que fueron reminiscencias de una experiencia de desamor proveniente del pasado que aún no hemos liberado, y que el evento presente sólo ha sido un detonador.

Cuando tengamos pensamientos de desamor, de falta de perdón, solicitemos al Espíritu Santo que conduzca Él nuestros pensamientos, digámosle: Te entrego esto para que lo examines y juzgues por mí. No dejes que lo vea como un signo de pecado y de muerte, ni que lo use para destruir. Enséñame a no hacer de ello un obstáculo para la paz, sino a dejar que Tú lo uses por mí, para facilitar su llegada. (T.19.IV.C.11:8-10)

NAMASTE.